Poemario autopublicado (2020).
ISBN: 978-84-17688-34-9Poema incluido en el libro.
Tras una rara ecografía torácica,
el diagnóstico ha sido conciso:
«Tienes los pulmones de una yubarta».
Como si fuera un suceso diario.
Como si en las estadísticas sanitarias
seis de cada diez personas tuvieran órganos respiratorios de otros animales.
Desde luego, si me dijeran que esta transmutación también sucede
en los otros sistemas y aparatos del organismo,
el doctor afirmaría que tengo el aparato digestivo de un ratón
y yo no tardaría en suscribirlo.
Eso explicaría otras muchas cosas.
En este caso,
me ha mirado con total imparcialidad,
se esfuerza por mostrarme las ventajas que pueda tener
esta anomalía pulmonar,
para terminar escribiendo letras ilegibles en el informe,
sin recetarme ninguna medicación.
«Puedes hacer vida normal, no irá a más».
En un estado de intranquilidad e incomprensión
salgo de la consulta,
me dirijo hacia la orilla de la playa
y de camino a la introspección más absoluta
tropiezo con la razón de mi falta de pulmones humanos:
Se me desarrollaron tanto de pequeña
gracias a las lloreras diarias
que supongo que nadie les avisó de cuándo parar de crecer.
Ninguna red de burbujas internas los frenó.
Ahora no los puedo mantener sin medio acuático por el que desplazarse,
así que lloro océanos para sobrevivir;
el agua salada les va bien para no asfixiarme.
Buceo con mi largo y profundo canto
hasta tocar los corales.
¿Es este el fondo marino?
«Por favor, no te asomes a mis ojos
–me digo de manera reflexiva–,
te ahogarás,
te advierto antes de que lo hagas».
«Déjame inundarme en paz–me contesto–,
déjame exhalar hasta la última gota de aire
y diluirme en mis propios discursos marítimos».
Irónicamente, nunca hubo nada que me atemorizara más que el mar,
siendo en este momento el único que me reclama.
Estoy mudándome de piel, hasta de casa
Me habitúo a languidecer entre las aguas,
soy consciente de que su disculpa implicará mi entrega eterna.
Me familiarizo con la pesada carga
de dimensiones inabarcables,
de aletear, de tener cola
sin ser sirenita estereotipada y traicionera.
Aprendo a asumir mi figura de yubarta
cuando aún ni acababa de aceptar la de humana.
¿Dónde está el doctor después de que se complete mi metamorfosis?
Me gustaría verlo atendiendo
a un enfermo que sufriera de instinto o mandíbula depredadora
y que su solución fuera derivarlo al especialista bucodental;
la mansedumbre no sería una opción para este paciente.
Entre tanto ruido quejoso, me detengo a observar.
A sentirme hogar en esta forma cetácea nueva.
Un penetrante azul me rodea,
me angustia, me asusta.
Es tan invasor que no solo me veda el espacio,sino que me obliga a circular por él;
hasta se me ha pegado al cuerpo
salpicando mis aletas pectorales,
que se manchan ahora de este color azabache.
Me envuelve una oscuridad que se hace partícipe de mí
a una velocidad de vértigo.
Apelo desesperadamente a una luz,
alguien que me enseñe alguna maniobra de escapismo.
Suelto un bramido de auxilio
y siento que retumba el vasto piélago.
Después, silencio.
«Un momento, parece que algo resplandece a lo lejos,
¿Es aquello un faro...
O es el reflejo de mi carne estropeada en la superficie?».